En quietud, es como fuego que abraza
y consuelo en temporal travesía.
Mi ser se deleita en la diáfana esperanza
que otorga Su presencia, cual lluvia fresca y
viento apacible.
En soledad y desasosiego, aviva mi alma y sacia mi sed.
Me enlaza Su amor eterno en un abrazo perfecto
que consume mi languidez.
Cuanto amor, eterno amor.
Quien pudo entregar a Su unigénito para levantarme
entre los muertos y aún en el desierto
sigo recibiendo vida.
Por: María Patricia Oñate
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